Poems

Today, I was lovin the poetry.

lorca

As I skimmed through Stylist magazine on an typically crowded rush hour tube, I read about Katie Piper. Katie was the victim of an acid attack in 2008, and the article talks about how she used words and poetry as a way to find strength as she was mentally coming to terms with the attack. She didn’t have a notebook or a special place to write, and it didn’t necessarily matter what she wrote, or how good it was, simply the process of putting the words down was cathartic.

Later today, as a friend of mine was reading through customer reviews of a recently launched product, poetry struck again. This time in the form of a few lovely verses about lipgloss.

So, I thought I would end the day with a poem that I love:

Romance Sonambulo 

Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña. 
Con la sombra en la cintura 
ella sueña en su baranda, 
verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata. 
Verde que te quiero verde. 
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando 
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde. 
Grandes estrellas de escarcha 
vienen con el pez de sombra 
que abre el camino del alba. 
La higuera frota su viento 
con la lija de sus ramas, 
y el monte, gato garduño, 
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendra? ¿Y por dónde...? 
Ella sigue en su baranda, 
Verde carne, pelo verde, 
soñando en la mar amarga.

--Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo per su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
--Si yo pudiera, mocito, 
este trato se cerraba. 
Pero yo ya no soy yo, 
ni mi casa es ya mi casa.
--Compadre, quiero morir 
decentemente en mi cama. 
De acero, si puede ser, 
con las sábanas de holanda. 
¿No ves la herida que tengo 
desde el pecho a la garganta?
--Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca. 
Tu sangre rezuma y huele 
alrededor de tu faja. 
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
--Dejadme subir al menos 
hasta las altas barandas;
¡dejadme subir!, dejadme, 
hasta las verdes barandas. 
Barandales de la luna 
por donde retumba el agua. 
Ya suben los dos compadres 
hacia las altas barandas. 
Dejando un rastro de sangre. 
Dejando un rastro de lágrimas. 
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata. 
Mil panderos de cristal 
herían la madrugada.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas. 
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba 
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Donde está, díme?
¿Donde está tu niña amarga? 
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo, 
en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana. 
Verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna 
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima 
como una pequeña plaza. 
Guardias civiles borrachos 
en la puerta golpeaban. 
Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar. 
Y el caballo en la montaña.

Federico García Lorca, 18981936

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